Exponer nuestras carencias.

Fecha: agosto 3, 2014 - 4:02 pm Por: Jonathan Ascanio

La mayor parte de nuestras vidas la pasamos escondiendo toda nuestra negatividad, nos hacemos parecer justos, limpios, dignos y merecedores de todo. ¿Pero cuantas veces sacas tu basura y la muestras a los demás? Es algo tan real como que el sol sale cada día, que no nos gusta mostrar nuestras flaquezas, pecados, desatinos y negatividad a otros, creemos que de alguna forma protegemos nuestra imagen pero no es así, estamos simplemente siendo seducidos dentro de nuestro propio juego por el ego. Y digo dentro de nuestro propio juego porque aquellos que buscamos un camino espiritual o de una manera u otra buscamos un propósito real para nuestras vidas, terminamos siendo a veces empujados a caer en la auto alabanza y la necesidad de parecer perfectos, pero como no estamos ni cerca de serlo, caemos en la gran tontería de querer aparentarlo escondiendo nuestros rasgos más negativos en las sombras que ocultan la realidad.

La kabbalah nos enseña que uno de los procesos más importantes del ser humano que vino a realizar a este mundo es la corrección de toda esta negatividad, pero para hacer esto necesitamos encontrar nuestros rasgos más negativos y aceptar que estamos siendo dominados por ellos. De nada nos sirve pensar: “ok, soy negativo y parte de mis rasgos negativos es que soy muy prejuicioso, entonces voy a ocultarlo de los demás, es decir, no voy a hacer juicios delante de otros, pero si los voy a consumir dentro de mi mente”. Esto es simplemente ocultar, aparentar que somos perfectos, claro que el dejar de decirlo es un primer paso, pero no podemos adaptarnos a sentir satisfacción porque este es solo el 1 % del trabajo, el resto de ese 99 % está en ni siquiera pensar en ello. No soy quien para juzgar a nadie, punto. Ese es el resultado del trabajo cumplido, pero mientras nos ocultemos de ello pensando que ya lo solucionamos con solo dejar de pronunciarlo, estamos simplemente tomando la negatividad y ocultándola donde mejor se retroalimente y se apodera de nosotros “en la sombra”.

Todos conocemos al Rey David, de una u otra manera hemos oído hablar de sus grandes batallas y sus grandes victorias como la que tuvo frente a Goliat, además de sus Salmos que son referencia espiritual en todas las religiones, dogmas o sectas de cualquier tipo en el mundo. Pero tal vez desconozcas la historia del salmo 51. Uno de mis favoritos entre todos porque se trata de la confesión de David al creador, por su pecado con Batsheva.

El Salmo 51 es la confesión de David después de un evento difícil en su vida. En el libro de Samuel 2. 11:1 – 12:1-23 se relatan los detalles del pecado que el rey David cometió. Samuel 2. 11:1 dice: “En el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y a sus siervos con él, y a todo Israel; y destruyeron a los amonitas, y pusieron cerco a Rabba: más David se quedó en Jerusalén. Y acaeció que levantándose David de su cama a la hora de la tarde, paseaba por el terrado de la casa real, cuando vio desde el terrado a una mujer muy hermosa… (Puedes leer más sobre esta historia leyendo el libro de Samuel 2).

La situación era que tal como hoy, hay épocas en que los agricultores han terminado una parte de sus trabajos en el terreno o en la finca y luego les queda un poco de tiempo libre para hacer otras cosas. En tiempo del rey David sucedía lo mismo. Los soldados habían terminado sus trabajos, y llegó el tiempo de ir a la guerra. En esta ocasión, David decidió que su ejército podía salir a la guerra sin él, y se quedó en la casa sin hacer nada. Fue así que, cuando él caminaba sobre la terraza de su casa, vio a una mujer vecina bañándose; la codició, la tomó y adulteró con ella. Esta mujer era la esposa de uno de sus soldados llamado Urías.

Urías era de los más valientes de sus soldados; no era judío sino heteo. Luego David lo engañó y mandó con él mismo una carta para el jefe del ejército para que le provocara la muerte en la batalla. Así murió Urías. Pasaron días y meses, y David continuaba viviendo en su pecado. Dios, viendo que David no hacía nada para rectificar su hecho pecaminoso, mandó al profeta Natán para que lo amonestara. Notemos que Dios le dio suficiente tiempo, pero David necesitaba un impulso para que confesara su pecado. Cuando Natán le indicó que él era culpable, David lo confesó inmediatamente. Natán le dio la sentencia de que su hijo, producto del adulterio, iba a morir. Además, le dijo que su pecado sería perdonado, pero que las consecuencias las tendría que sufrir. De su propia casa se iban a levantar sus enemigos.

Sin embargo a pesar de esto David no estaba triste, porque no había nada en el mundo que hiciera más feliz a David que alguien que pudiera mostrarle lo que estaba mal en él. Y podemos notar en el cantico del Salmo 51 en el versículo 8 que dice: hazme oír gozo y alegría. Esto puede sonar como irresponsable ¿pedir oír gozo y alegría después de cometer este pecado? pero a lo que David se refería era que esto lo hacía feliz, escuchar cuanta negatividad tenia dentro de sí era música y felicidad para sí mismo, porque al exponer a la luz sus más arraigados aspectos oscuros podría desterrarlos para siempre de su vida.

La lección que nos da el Rey David es algo que no deberíamos olvidar jamás. Cuando David acepto su negatividad inmediatamente su conciencia ascendió y ni siquiera se sintió triste por ello, porque de eso se trata en realidad, deberíamos estar felices cada vez que podemos encontrar parte de nuestros rasgos negativos porque espiritualmente eso equivale a un paso más en la superación y elevación de nuestra alma. Pero para ello necesitamos estar dispuestos a afrontarlos y a sacarlos a la luz, no importa que tan malos parezcan cuando somos sinceros referentes a nosotros mismos entonces las oportunidades de cambiar y de revelar nuestro lado oscuro van a llegar y vamos a poder hacer el trabajo, por ello David se sintió feliz en su cantico del salmo 51 y por ello deberíamos sentirnos felices de exponer nuestra basura fuera de nuestra propia sombra, nuestra parte más negativa y oculta.

Bendiciones y luz…
Con amor: Jonathan.

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